Más de cien años de historia

 

El Canal de Aragón y Cataluña.

El regadío ha sido uno de los ejes vertebradores sobre los que ha pivotado el proceso de modernización de la agricultura y, por extensión, del conjunto de la economía española a lo largo del siglo XX. Su importancia, con todo, va más allá de lo estrictamente económico pues también ha jugado un papel clave en el reequilibrio territorial al contribuir a mantener e incluso incrementar la población en las áreas rurales.

El canal de Aragón y Cataluña, llamado en un principio de Tamarite de Litera, ejemplifica perfectamente dichos procesos. Y su caso todavía adquiere mayor valor si tenemos en cuenta que constituye la primera y una de las principales concreciones de la gran apuesta modernizadora basada en el regadío. Apuesta que Joaquín Costa reivindicó con rotundidad ya a fines del siglo XIX al reclamar la "Política Hidráulica". Apuesta que a principios del nuevo milenio se ha convertido en una realidad tangible y con una clara potencialidad de futuro atendiendo al elevado grado de desarrollo de las estructuras productivas de sus municipios y a la próspera red de ciudades medias que incluye en su perímetro de riego.

En consecuencia, la conmemoración del primer centenario de su inauguración por parte de S. M. el Rey Alfonso XIII es un motivo de legítimo orgullo no sólo para los regantes y otros beneficiarios directos del Canal, sino también para el conjunto de la ciudadanía española. Por ello, el sentir unánime de la población es que la Corona esté presente, una vez más, en un momento tan trascendente para toda esta extensa región a caballo entre Aragón y Cataluña.

 

Posición de la Zona Regable en España

 

Génesis del proyecto. El Canal antes del propio Canal.

“Sábese que el agua de los canales de riego no es agua para producir económicamente, ni siquiera es agua: es trigo, es carne, es lana, es cáñamo y lino, es fruta; en una palabra, no es agua para aplacar la sed, como el agua de las poblaciones, es agua para matar el hambre”. Con estas palabras incluidas en un multitudinario mitin en Tamarite de Litera el 29 de octubre de 1892, el político Joaquín Costa lanza la demanda que el Estado se haga cargo de la construcción del Canal de Aragón y Cataluña. Hasta ese momento, muchos fracasos jalonaron la construcción del Canal, dejado en manos de la iniciativa privada. Ese discurso supone el pistoletazo de salida definitivo para un proyecto que arrancó muchísimo antes.

Sus orígenes se remontan a la época de Carlos III, sobre el año 1782, cuando se encarga al arquitecto Manuel Inchauste la realización de un primer estudio técnico de un canal que, regando la zona de la Litera en Huesca, se alimentara desde el Ésera, sirviendo así de modo de vida para los habitantes de la zona.

Los primeros estudios ya hablaban de la bondad de la idea, de su viabilidad y de su enorme magnitud para la época. 85.822 Ha beneficiadas fueron las primeras cifras, abarcando las provincias de Huesca y Lleida. Tras diversas interrupciones, en 1803 se presentan los primeros planos legales del Canal, en un proyecto ambicioso, que abarcaba incluso la navegación. Esos primeros planos describían una obra cuyo objetivo era unir la provincia de Huesca, a través del Segre, con el río Ebro y con el Mediterráneo. El plan iba más allá aun: se ambicionaba conectar, de alguna manera, el Canal de Aragón y Cataluña, entonces denominado Canal de Tamarite, con el Canal Imperial, y a su vez, con el Canal de Castilla, a fin de crear un gran eje comercial (Referencia: Conmemoración del Centenario del Canal de Aragón y Cataluña 1906-2006. Comunidad General de Regantes).

Los primeros intentos de construcción se dejaron en manos de la iniciativa privada. En 1834 se firma la Real Cédula de Concesión, que otorgaba a la Real Compañía del Canal de Tamarite de Litera la facultad de construir el Canal y gestionarlo como un negocio privado, dándole todos los usos, es decir, riego, industriales y navegación.

No obstante, el proyecto tal como estaba enfocado y prevista su financiación topó con la negativa de los lugareños. Los altos cánones a los tendrá derecho la compañía concesionaria del Canal harían imposible, según ellos, su financiación por parte del campesinado. Un artículo de prensa de 1841 así lo reconoce:

Preguntamos por el proyecto del Canal, y vimos que era pocos los lugares que lo deseaban con verdad, y muchas las personas inteligente que por razones convincentes, probaban que no les convenía. Hasta hubo casa(…) que decía: Tomen los de la empresa del Canal todo mi patrimonio de balde, y pagenme el canon que nos piden por las tierras que hemos de regar. (…) Ahí tenéis todas mis tierras, os cedo toda mi propiedad con tal que vosotros me paguéis con ese mismo canon que me pedís.” (Referencia: Un modelo capitalista para la provincia de Huesca a 1834: El Canal de Tamarite. Aurelio Biarge. Cuadernos aragoneses de Economía. 1977)

Toda esta presión social obligó a modificar el proyecto, olvidando su espectacularidad inicial y renunciando al uso para navegación del Canal. El proceso se paralizó, y no fue hasta 1858 que se recuperó la idea, con el inicio en la redacción de un nuevo proyecto, presentado en 1864 por el ingeniero John Barry. Al amparo de este proyecto, se constituye una nueva sociedad, encargada de las obras. Prácticamente no se ejecutan obras, pero ese proyecto es la base del actual Canal.

La iniciativa privada de la época fracasa en su intención de ejecutar el Canal. Los políticos y poderes de la región deciden tomar las riendas y pedir al Estado que asuma la responsabilidad de ejecutar por su cuenta el proyecto. Igualmente, la presión de diversos sectores de intelectuales y políticos, al amparo de campañas promovidas por Joaquín Costa, en pro de una nueva Política Hidráulica marcada por una mayor implicación del Estado, dieron como fruto la aprobación de un proyecto de ley que encargaba al Estado la continuación de las obras. Era el 5 de septiembre de 1896, cuatro años después del discurso de Costa.

La ejecución de las obras fue azarosa. Las múltiples variaciones en los proyectos y en el personal técnico a su cargo no impidió la ejecución de obras singulares, tales como el Sifón del Sosa, record del mundo en su tiempo para un sifón hidráulico, construido de forma pionera en tubería de hormigón armado con camisa de chapa in situ, o el acueducto de Perera, sobre la carretera que une las localidades de Binéfar y San Esteban de Litera.

Aun sin finalizar las obras, el 2 de marzo de 1906, su alteza Real Alfonso XIII inauguró oficialmente la obra, aunque no fue hasta 1910 que se dio por acabado en toda su longitud. El importe para el estado ascendió a 31.940.000 pesetas.

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